Sobre mí

Se supone que en esta sección debo hablar sobre mí, de mi formación, mi trayectoria, etc. Es lo que he visto que hacen muchos otros en sus blogs y páginas personales. Pero inevitablemente me comparo y me entran las inseguridades. Yo no tengo un currículum tan extenso como esa gente. Mi pareja, que es psicóloga y sabe de estas cosas, me dice: “No puedes compararte con una persona de 50 años. Obviamente, habrá hecho muchas más cosas que tú”. Y la verdad es que tiene razón. Si espero a tener un currículum de una persona de 50 años, entonces nunca empezaré.

Así que en esta página sobre mí, no te hablaré sobre mí. O, al menos, no como se espera. Te hablaré sobre mis abuelas. De sus historias, de su carácter, y de cómo han influido en quien soy.

Mi abuela materna fue maestra. Cuando en su época lo normal hubiera sido que quedase relegada a las tareas del hogar, algún maestro suyo vio en ella cualidades para los estudios y le animó a seguir formándose. Por suerte, sus padres (mis bisabuelos) también lo vieron así. Su vocación fue la enseñanza, y siguió siendo maestra toda su vida. De hecho, recuerdo cómo mi abuelo siempre se refería a ella como “la maestra” como apelativo cariñoso. Una de las mayores satisfacciones de mi abuela era que antiguos alumnos suyos (algunos ya con hijos y todo) la reconocieran por la calle y se le acercaran para decirle que había sido su maestra y las enseñanzas que aún recordaban de ella. Incluso después de jubilarse, siguió dando clases en la Escuela de Mayores para enseñar a leer y escribir a señoras de su misma edad (o incluso más jóvenes) que no habían tenido las mismas oportunidades que ella.

Por su parte, mi abuela paterna era una señora de las de antes, de las que administraban la economía de la casa con un solo sueldo y siete bocas que alimentar sin haber ido a la escuela. De esas señoras que cruzaba los brazos mientras escuchaba y que cuando ella hablaba, los demás callaban. No porque infundiera temor, sino porque lo que decía era sensato. Porque siempre tenía un buen consejo a mano. Porque lo que decía no lo había aprendido en los libros, se lo había enseñado la experiencia. Una señora que no siempre tuvo una vida fácil, que había vivido mucho y que dependía de su ingenio para salir adelante.

Por suerte, estas cualidades las heredaron mi padre y mi madre de ellas, respectivamente. Y yo a su vez las aprendí de ellos. ¡Qué importante es reconocer de dónde venimos y la influencia que han tenido en nosotros nuestros antecesores! Y qué desmemoriados somos la mayoría de las veces…

De pequeño quise ser muchas cosas, como todos los niños. Lo primero que recuerdo es que quería ser abogado. Un año en el cole, por el Día de la Constitución sortearon una versión de bolsillo (literal de bolsillo, porque me cabía en el bolsillo del pantalón) de la Constitución, y me tocó. Un librito diminuto con letras diminutas, y me fascinó. Recuerdo llevarlo a todas partes incluso semanas después de que me lo dieran. Ahí estaba yo, un niño de unos 10 años leyendo una edición de la Constitución como pasatiempos. Debía de ser una imagen curiosa de ver. Lo que tanto me cautivó fue descubrir ese poder de las palabras. Cómo algo escrito podía llegar a ser ley. Luego me enteré de lo que cobraban los notarios solo por una firma, y pasé de querer ser abogado a querer ser notario (ya se me veía el plumero desde pequeño). Después de eso, quise ser fisioterapeuta. Soy de esas personas que siempre tienen las manos calientes y me gustaba dar masajes. Mis allegados lo apreciaban mucho. Tal vez lo que me gustaba a mí era la aprobación de los demás y no el simple hecho de dar masajes. Recuerdo que llegó un momento en el que me pedían tantos masajes en las reuniones familiares que empecé a cobrarles. Ya ves, cincuenta céntimos por masaje. Pero una vez más afloraba mi espíritu emprendedor. Más tarde, sentí la llamada de las letras y mi sueño era ser escritor. También me enamoré del inglés. Pasé de odiarlo por culpa de un maestro que se echaba siestas en clase y que solo daba golpes en la mesa con una piedra que usaba de pisapapeles cuando lo despertábamos, a amar este idioma gracias a un profesor old school (con su bigote y todo) que lo enseñaba con pasión y humor.

Me gustaría poder contarte en este punto una historia de superación. Ya sabes, un auténtico viaje del héroe. De cómo pasé de ser un negado en los estudios a sacarme la carrera de Filología Inglesa, un máster y emprender un doctorado (de esto último te hablaré más adelante). Pero la realidad es que siempre se me han dado bien los estudios, siempre he sido un estudiante de matrícula. A qué punto hemos llegado que debería darme vergüenza decir esto. Como contaba antes, lo de ser bueno en los estudios me viene por parte de madre. Y no es que fuera un empollón de tirarme encerrado en mi habitación estudiando toda la tarde (eso es lo que más rabia le daba a mis compañeros). Simplemente siempre he tenido facilidad para memorizar cosas, y eso en nuestro sistema educativo es siempre una ventaja. Pero además, tenía (y tengo) una habilidad aún mejor: tenía (y tengo) mucho cuento. Y eso para los exámenes de desarrollo es un chollo —por suerte, nos hacían exámenes de desarrollo, y no esos exámenes tipo test del demonio, que si cada tres mal quitan una bien, que si la a y la b son correctas… En fin, se me daba bien escribir, argumentar, unir un concepto con otro.

Y en verdad, es que desde niño me ha gustado contar historias. Y a mis padres les gusta rememorar esos momentos cuando sale el tema. Me recuerdan a menudo cómo se preocupaban de que me pasara horas encerrado solo en mi cuarto (ignorando a mis dos hermanos). Pensarían que era un niño algo solitario, o un antisocial (típico del hermano mediano). Pero cuando venían a preguntar y abrían la puerta, me encontraban jugando con el barco pirata y la isla del tesoro Playmobil, o con los gogos y los muñequitos que venían en los huevos Kinder, o con el castillo de Casper (sí, soy de esa generación), o con el juguete que fuera. Y me preguntaban dulcemente qué hacía y entonces les contaba unas historias fantasiosas. Que si el pirata este se ha amotinado, que si lo han dejado solo en una isla desierta, que si un loro le ha dicho dónde está enterrado un tesoro… Y como veían que me lo estaba pasando bien, que me estaba divirtiendo inventándome historias con mis juguetes, tal como habían venido me dejaban seguir jugando solo. Ya de un poco más mayor, con unos 11 años o así, me recuerdan cuando me dio por ir a contarle historias a mi primo pequeño antes de que se fuera a dormir (pasábamos los veranos todos juntos en la parcela de mis abuelos, y de ahí tengo los mejores recuerdos de mi infancia). La cuestión es que cada noche iba a la habitación de mi primo y me inventaba una historia. A veces las continuaba de una noche para otra. Y yo pensaba que a mi primo le gustaban tanto como a mí, hasta que un día le dijo a mi tía: “Mamá, no quiero que el primo Gabi me cuente más cuentos por la noche. Es que los hace muy largos y yo quiero dormir…”. Pobre primo mío. Sin yo ser consciente, estaba volcando toda mi verborrea creativa en un niño que lo único que quería era que le dejasen dormir en paz. Ahora de más mayor, me reconoce que guarda un buen recuerdo de aquellas historias (no sé si influyó en algo, pero a día de hoy escribe y recita en certámenes poesía).

Como te decía antes, entre otras cosas ahora ando haciendo un doctorado. En él, uno mi formación como filólogo inglés y lingüista y mi trabajo para la Administración Pública, y lo enmarco todo en el movimiento global de Lenguaje Claro (Plain English en este caso). Cuando empecé a interesarme por este movimiento, en el mundo anglosajón llevaban ya casi 50 años de andadura: concienciando de la necesidad de comunicar claro desde la Administración, publicando manuales y recomendaciones de redacción en lenguaje claro, proponiendo reformas legales para obligar al cumplimiento de estas recomendaciones… Por su parte, el movimiento del Lenguaje Claro estaba en pañales en el mundo hispanohablante o era prácticamente inexistente —a excepción de algunos académicos y divulgadores de referencia—, pero en la última década hemos sido testigos de un impulso asombroso de este movimiento.

Este blog nace como un proyecto para divulgar sobre el Lenguaje Claro —y por extensión de la Comunicación Clara—, para concienciar de su necesidad y de los beneficios que aporta tanto al emisor institucional como al receptor. También pretendo compartir temas que encuentro en la literatura científica que pueden ayudar a entender mejor cómo se consigue un texto claro.

Porque creo firmemente que a través de la divulgación, de la formación y de un plan definido, se puede cambiar la cultura de las instituciones y poner en el centro de todos procesos una noción fundamental: el derecho a entender.

Si te interesa el tema y te gustaría intercambiar tu visión o plantearme cualquier cuestión, ¡estaré encantado de leerte!

Mis servicios

Ofrezco comunicación clara y formación para proyectos freelance.

Comunicación

Ayudo a transmitir ideas con claridad y precisión en tus mensajes.

A person speaking confidently in front of a small group during a workshop.
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Formación

Diseño y facilito talleres para mejorar habilidades comunicativas.

Trabajo personalizado para adaptarme a las necesidades de cada cliente.

Freelance
A laptop and notebook on a wooden desk with coffee, showing a freelance work setup.
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Close-up of hands writing notes during a communication training session.
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Gabriel tiene una habilidad especial para explicar ideas complejas de forma sencilla y clara.

Ana M.

Portrait of a smiling professional woman giving a thumbs up in a cozy office setting.
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